Baja California

LUCIANO RIVERA DELGADO

 

Tijuana, 1986-Rosarito, 2017
Asesinado con arma de fuego.
Tres detenidos. Dos prófugos

Por: ALINE CORPUS

En el municipio de Playas de Rosarito, al sur de Tijuana, el rostro de Luciano Rivera Delgado, de 30 años, era bien conocido. A los 17 años empezó a trabajar en el canal estatal CNR TV, recuerda su medio hermano y director del medio, Mario Rivera Salgado: “Comenzó moviendo cables y cámaras, era muy querido y le gustaba apoyar”.

Un colega del periodista, Bernardo Cisneros, describe también sus inicios: “Me platicó que fue asistente de camarógrafo, y a veces montaba los sets para los programas del canal”.

Aunque Luciano no terminó la carrera de Comunicación, tenía facilidad para detectar las noticias. En el 2005 se convirtió en camarógrafo y reportero del canal de televisión, y dos años después ya conducía el noticiario.

A los 18 años, mientras estudiaba Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California, Silvia Quintero Vallejo comenzó a reportear junto con Luciano, entonces de 20 años, para la televisora.

Cuenta que Luciano buscaba ayudar a las personas. “Un día me comentó que pasaríamos a una casa, llegamos y salió un hombre en silla de ruedas, humilde, sonriendo con familiaridad: ‘¡Hola, Luciano!’, le dijo. Yo pensé que eran parientes; él llevaba una despensa y se la entregó al señor”.

El periodista le explicó que el hombre había sufrido un accidente y no podía trabajar para sostener a su familia, por eso le llevaba comida de vez en cuando. “Son las cosas que me enamoraron de él”, asegura Silvia. Con el paso de los años tuvieron dos hijos, uno que lleva el nombre del papá, de 6 años, y Fernanda, de 5.

Su esposo, dice, era un hombre muy activo: lo mismo hacía una coleta a su hija que emprendía proyectos como la conducción desde 2012 del programa de radio Informativo AM y la codirección tres años después de la revista Dictamen, que circulaba en Tijuana y Playas de Rosarito. El periodista cubría temas de política y policiacos, desde homicidios hasta las conferencias del alcalde.

Marinee Zavala, reportera de televisión en Tijuana, subraya la dedicación con la que Luciano hacía su trabajo. “A veces me contaba cómo se iba a las 4 de la mañana a cubrir un crimen”. Era un profesional arriesgado en sus notas, asegura. “Una vez se puso un micrófono entre la ropa y escondió la cámara, luego se acercó a unas personas que vendían gasolina de forma ilegal en la delegación Primo Tapia, al sur de Playas de Rosarito, y las grabó. Pasó la nota completa en el canal”.

El periodista Gerardo Díaz Valles, quien trabajó junto a Luciano en Rosarito, coincide con Zavala. Relata que, en 2007, la población de la zona estaba siendo afectada por las actividades del narcotráfico, dirigidas presuntamente por Ángel Jácome Gamboa, el Kaibil. Fue entonces cuando Luciano apoyó a un reportero.

“En aquellos tiempos difíciles, los criminales habían dado la orden de desaparecer a otro compañero (periodista). Estaba detenido en la comandancia de policía, todo el mundo se estaba yendo y se iba a quedar solo en las instalaciones. El compañero pensó que ese día lo único que podría salvarlo es que hubiera alguien ahí presente, y estaba muy agradecido con Luciano porque permaneció con su cámara afuera de la comandancia”.

A Luciano también le gustaba mucho hacer negocios, llamar la atención y vestir bien, cuenta Zavala. Así lo recuerda Díaz Valles, quien afirma que muchas veces no estaba de acuerdo con Luciano.

“Él era muy joven, un niñote noble. Lo conocí cuando tenía 25 años, yo le decía ‘Nenuco’”, refiere el autor de la columna “Rosarito Blues”. “Siempre fue muy consentido, carismático, se ganaba a la gente, pero también eso generaba muchos problemas: todo se le daba, tomaba poses que a mí me molestaban; por ejemplo, pertenecía a un club de motociclistas y siempre llegaba con toda la parafernalia, como un superhéroe, y derrochaba. Incluso un día chocó un Mustang, destruyó el carro pero él salió bien, y al final se le consecuentaba. Vivió muy rápido, siento que todos tuvimos un poco de culpa por no haberlo hecho reaccionar. Nos alcanzó (su fallecimiento). Mataron al rostro más amable de Rosarito”.

El cuñado de Luciano, Hamlet Alcántara, considera que estaba creciendo como periodista; uno de sus objetivos era mejorar la revista Dictamen, que ambos dirigían. “Era una persona seria, por eso me decidí a comenzar un proyecto periodístico con él. Se dedicaba a buscar colaboradores especializados”, precisa. “Publicábamos desde historias de centros turísticos hasta temas de inseguridad; hacíamos un trabajo objetivo, no sé si el mejor o el peor, pero no se puede reducir su muerte a un pleito de cantina”.

En mayo de 2017, Luciano publicó en Dictamen, con seudónimo, el artículo “Guerra por narcomenudeo”, sobre la supuesta liberación de José Filiberto Parra Ramos, la Perra, considerado por la DEA como uno de los lugartenientes de Eduardo Teodoro García Simental, el Teo. En el texto los relacionaba con el tráfico de drogas y el lavado de dinero de la organización Arellano Félix, una información que la Procuraduría General de la República (PGR) en Baja California declinó confirmar.

En el número de julio, denunció en “Desmantelan a la mafia amarilla” a una organización de taxis de Tijuana llamada Gremio de Choferes Mexicanos que golpeaba e insultaba a sus competidores. Acusó a su líder, Óscar Morales, de burlarse y corromper a las autoridades municipales y estatales.

El 31 de julio de 2017, Luciano se encontraba en el pequeño bar La Antigua, en el centro de Rosarito, acompañado por cuatro amigos. En las cámaras de vigilancia se observa a cinco hombres que ingresan al lugar y, alrededor de la 1:13 de la madrugada, uno dispara su pistola Glock 9 milímetros a la cabeza del periodista. Su cuerpo quedó tirado en el suelo mientras los agresores se alejaban en un taxi Ford Focus 2007, sin placas.

En la audiencia pública del 6 de agosto, la Juez de Control Cynthia Monique Estrada dijo que el homicidio “fue con premeditación porque, de acuerdo a los testimonios, forzosamente tuvieron que analizar, reflexionar, para actuar y darle muerte; no pudo ser una conducta que se dio en el momento”.

Las versiones sobre una supuesta riña porque Luciano defendió a una mujer que estaba siendo maltratada por el grupo no se mencionaron en la audiencia, pero se dieron a conocer dos testimonios que identifican al primer detenido, Alfredo Ponce Costilla, presunto conductor del taxi en el que huyeron los atacantes, como el hombre que asintió con la cabeza —a manera de señal— poco antes de que José Bruno Martínez Hernández, el Bruno, también detenido, disparara al periodista, según la información de la Procuraduría General de Justicia del Estado. La fiscalía tiene la teoría de que Luciano era seguido por sus atacantes, pero la defensa de los acusados intenta reclasificar el homicidio como resultado de una riña.

El 14 de septiembre de 2017, elementos de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE) y de la Secretaría de la Defensa Nacional arrestaron a un tercer presunto implicado, José Luis Martínez Hernández, el Secre, hermano de José Bruno, presentado por la SSPE como supuesto integrante de una banda de narcomenudistas que operaba en Tijuana bajo las órdenes de Alfonso Arzate o Arteaga, el Aquiles, señalado como el líder del Cártel de Sinaloa en la región.

Según la SSPE, el Secre fue encarcelado dos veces en el Centro de Rehabilitación Social (Cereso) de Tijuana por robo con violencia y por portación de arma de fuego, en 2009 y 2016, respectivamente. También fue detenido por la Policía Estatal por posesión de arma de fuego en 2017.

Mario, el hermano de Luciano, considera que la investigación ha sido muy lenta, ya que ni siquiera se ha identificado a las otras dos personas del grupo que cometió la agresión.

El asesinato del periodista marcó a un gremio que nunca antes había sufrido el asesinato de uno de sus colegas, asegura Zavala. “Creo que la mayoría de la prensa está vendida en Playas de Rosarito, hay una censura muy grande, no hay una crítica al gobierno. Luciano siempre fue duro en sus temas, (su muerte) nos hace pensar en qué tan mal están las cosas, yo he tenido información de que sí hay mucha colaboración con grupos delictivos”.

Luciano era un hombre que disfrutaba mucho a su familia, afirma su viuda Silvia, quien lleva en su cartera, junto a las fotos de sus hijos, un retrato suyo, en el que aparece con una fina barba y cabello lacio.

“Veo su foto y aún no creo que ya no esté. Luciano sostenía firmemente que los hijos debían contar con una figura paterna, porque él mismo perdió a su padre de niño”.

Silvia hace una pausa y mira al techo de su oficina. “Le tenía miedo a una cosa en particular: no ver a sus hijos crecer o no poder ser una guía para ellos”.

El mayor temor de Luciano se cumplió: fue asesinado un 31 de julio, la misma fecha en que su padre sufrió un infarto y falleció, cuando el periodista tenía apenas 8 años de edad.

 

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