Sinaloa

JAVIER ARTURO VALDEZ CÁRDENAS

 

Culiacán, 1967- 2017
Asesinado con arma de fuego.
Dos detenidos.

Por: GABRIELA SOTO

 

Salió aprisa por un whisky que guardaba en la guantera del automóvil y, apenas sintió el trago, Javier Valdez volvió a inquirir: “¿Ya salió? ¿Puedo verlo?”.

“No, todavía no”, respondió el guardia que estaba tras la ventanilla de la imprenta donde se editaba el primer número del semanario Ríodoce.

Javier, periodista y escritor, era un padre principiante que presionaba al partero para que le mostrara al recién nacido. “Ya tenía lista la lágrima de emoción para soltarla al tocar ese bulto que era parte de su alma. Quería saber, sentir, que había valido la pena la espera, el salto al vacío y el jugársela con otra aventura”, relata Alejandro Sicairos, cofundador de Ríodoce, en “El hijo de papel”, texto incluido en el fanzine Malayerba.

Ese domingo de febrero de 2003, Javier montaba guardia afuera de la imprenta junto con sus colegas Ismael Bojórquez y Sicairos, con quienes fundó el “barquito de papel” —como llamaba al semanario— cinco meses después de renunciar a su puesto de reportero en el periódico Noroeste y perder el salario fijo que aseguraba la manutención de su esposa Griselda Triana y de sus hijos Tania, Francisco Javier y Sariiah.

La demora en la impresión pulverizó la paciencia de Javier. “Todavía no sale, yo le aviso”, insistía el vigilante. “Pues qué lentitud, ya me estoy encabronando. Y el puto whisky se me acabó”, se quejó el periodista.

De pronto, escuchó el grito: “¡Ya salió! Pase pa’que lo vea”, anunció el vigilante. Javier sostuvo al recién nacido, de tinta y papel, entre sus manos y soltó las lágrimas.

Ríodoce es un proyecto periodístico que marcó desde un inicio su independencia frente al poder que ejercía en Sinaloa el gobernador priista Juan S. Millán (1999-2004) sobre la línea editorial de los medios del estado. Se ha especializado en la cobertura de la delincuencia organizada, sus víctimas y la corrupción gubernamental.

Ocho años después de su fundación, en 2011, el semanario recibió el Premio Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia, en Nueva York, por “contribuir al entendimiento interamericano”; también se hizo merecedor del Premio PEN Club México a la excelencia editorial en 2012.

Observador incómodo y narrador de la realidad social, Javier nació el 14 de abril de 1967 en Culiacán, capital del estado de Sinaloa. El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) le concedió en 2011 el Premio Internacional a la Libertad de Prensa por “su valiente cobertura del narco y ponerles nombre y rostro a las víctimas”.

Desde la redacción de Ríodoce, narró las historias de las víctimas de la violencia en el territorio que dominaba uno de los mayores capos de la droga: Joaquín Guzmán Loera, el Chapo. También era editor del semanario y autor de la columna Malayerba.

Javier fue asesinado el 15 de mayo de 2017. Tras asistir a la reunión editorial que tenía lugar cada lunes en Ríodoce desde su fundación, fue interceptado cerca de las oficinas por sus atacantes y obligado a salir de su automóvil. Ese mediodía soleado y caluroso, los agresores le metieron 12 balas en el cuerpo. Cayó sobre el asfalto.

Hombre de letras y melodías, a Javier le gustaba escribir poemas en las servilletas de los restaurantes que luego transcribía a su computadora.

“Sus crónicas sobre Culiacán eran muy buenas. ¿Quién se detiene a mirar a una persona que está a la orilla del río esperando al novio que nunca llega?, ¿quién? (…) Javier sí”, cuenta Griselda.

Su voz se ahoga. Respira profundamente y, en un nuevo intento por controlar las lágrimas que se anuncian, describe cómo era su esposo.

“Era muy divertido, pero también neurótico. Creo que muchos periodistas son así. Era muy generoso, confianzudo, sumamente solidario. Excelente papá, hijo, hermano, amigo, compañero, y también depresivo. Tomaba tranquilizantes para dormir”.

Griselda recuerda que Javier desarrolló cierta paranoia. Estaba pendiente de quién iba delante o detrás de él conduciendo. Permanecía alerta a lo que pasaba alrededor.

Javier era alguien que seducía a las personas con su picardía, su humor negro y sus groserías. Se hizo lo mismo amigo de colegas de Culiacán que de otros lugares de México y más allá de sus fronteras.

El Guayabo era una de sus cantinas culichis favoritas. Un fin de semana del verano de 2012, estaba sentado a la cabecera de la mesa del fondo, junto a Griselda y rodeado de amigos periodistas y burócratas retirados, cuando le preguntaron: “¿Cómo te fue al recibir el Premio Maria Moors Cabot en Nueva York?”.

“Me incomodaba el traje”, respondió. “Me dijeron que tenía que ir vestido de traje y a mí eso de andar de pingüino no me gusta, bato”.

Después de describir sus recorridos por las calles neoyorquinas, agregó: “A este par de cabrones fue a quienes les dediqué el premio: al Zurdo y a la cacahuatera. El periodismo se ha olvidado de ellos, de los lectores. Se ha olvidado de lo cotidiano, de la gente que recibe la información”.

El Zurdo es el cantinero, un hombre moreno, surcado de arrugas, que atrae a los clientes con su carisma. Doña Casi, una anciana, sobrevivía de la venta de cacahuates.

El interés de Javier por entender la realidad nació en su juventud, cuando estudió sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. A los 18 años fue candidato a diputado por el extinto Partido Revolucionario de los Trabajadores, de ideología izquierdista, pero perdió en la votación.

Su carrera periodística inició con la columna Generación en El Sol de Sinaloa. Después fue corrector de planas en El Diario. Más tarde, en 1990, se incorporó como reportero a la televisora local Canal 3; de ahí partió al periódico Noroeste, hasta que en septiembre de 2002 renunció para emprender su propio proyecto, Ríodoce.

En su paso por el periodismo se sumergió primero en la narrativa de la cotidianidad de las plazuelas y calles de Culiacán, pero la violencia lo obligó a escribir los testimonios de las viudas y familiares de los asesinados y los desaparecidos.

“Al inicio de su carrera estaba muy interesado en las historias de la calle. Su primer libro, De azoteas y olvidos, contiene crónicas sobre asuntos urbanos. El título es muy bueno porque apela a la nostalgia y la inconformidad”, explica Andrés Villarreal, jefe de información en Ríodoce. “Sin embargo, la situación del país, y de Sinaloa en particular, empezó a dar un giro y los periodistas no supimos leer lo que estaba sucediendo”.

Descubrieron con el tiempo, recuerda, que cada vez más personas que no tenían relación con las organizaciones delictivas quedaban atrapadas en el fuego de las bandas, eran víctimas o terminaban involucradas con los criminales.

“Nos dimos cuenta hasta que esto ya había estallado, y es entonces cuando Javier empieza a contar estas historias. Solo se dedicó a eso, dejando de lado el resto de las coberturas que normalmente hacía, de temas sociales que le impactaban mucho”.

Javier no investigaba las estructuras de los grupos de la delincuencia organizada, como hizo Jesús Blancornelas en el semanario Zeta de Tijuana. Escribía crónicas periodísticas que reflejaban cómo la violencia se metió hasta la cocina de los mexicanos. Le gustaba, incluso, reírse de la jerga de los delincuentes: yúnior, buchón, jámer, ge-tres.

“No es que el trabajo de Javier nunca tocara eso, pero el foco no era saber si en el Cártel de Sinaloa había un capo en ciernes que estaba emergiendo”, precisa Villarreal.

Sin embargo, su trabajo periodístico lo situó en medio de la lucha que mantenían en enero de 2017 los hijos del Chapo, Iván Archivaldo y Alfredo Guzmán Salazar, con Dámaso López, el Licenciado, por el control de las rutas de trasiego de drogas del Cártel de Sinaloa.

Dos artículos periodísticos, y el hecho de no tomar las precauciones necesarias para su seguridad, pusieron al escritor en peligro, reconocen miembros del equipo de Ríodoce.

Javier insistió en publicar la entrevista que le hizo al Licenciado el 16 de febrero de 2017, en la que negaba ser el responsable del ataque sufrido por los hijos del Chapo el 4 de febrero, y los acusaba de estar provocando desde hacía un año a su organización.

Aunque en el semanario se publicó que la entrevista era con un emisario de Dámaso, Bojórquez, director de Ríodoce, declaró en Aristegui Noticias el pasado mayo que en realidad se trataba del delincuente.

Los Chapitos se enteraron de la entrevista y pidieron que no se publicara. Pero en la premura del cierre, Bojórquez y Javier decidieron no eliminar el artículo principal de la edición del domingo 19 de febrero: “Responde Dámaso: ‘No disparé a los Guzmán; soy amigo del Mayo’”.

“(La entrevista) se elaboró el mismo viernes (día de cierre del semanario). Entonces, quizá faltó contextualizar, revisar con lupa cada frase… En estos trabajos se debe tener un cuidado mayúsculo, y en el periodismo, con tantas prisas, a veces se te pasan cosas, ¿no? A posteriori es mucho más fácil decir: ‘¡Ah, bueno, es que hubo errores!’. Toda la pieza es un tanto dispareja”, confiesa el jefe de información del semanario.

La otra falla admitida por el equipo es no haber denunciado la compra masiva de la edición del semanario que contenía la entrevista con el Licenciado, atribuida a enviados de los hijos del Chapo.

Aunque Javier estaba dedicado a la edición de Ríodoce y, desde 1998, a la corresponsalía de La Jornada, el 7 de mayo de 2017, ocho días antes de su asesinato, publicó en el semanario un perfil de Dámaso —quien había sido detenido el día 2— en el que relataba las luchas al interior del Cártel de Sinaloa.

En la portada, junto a una imagen de la captura del delincuente, se leía: “La fiesta de los Menores. Liberan al Mudo y atrapan a Dámaso”. El perfil “Preso Dámaso, el hombre que quiso suplir al Chapo”, escrito por Javier en colaboración con Alejandro Monjardín, relata la historia del narcotraficante y su relación con Guzmán Loera, y también menciona al hijo del Licenciado, Dámaso López Serrano, el Mini Lic, a quien descarta como sucesor de su padre.

“Hubo omisiones importantes en la seguridad de Javier, de los que estaban a su alrededor y de la forma en la que se trataron las cosas (la cobertura y el contexto)”, reitera Villarreal.

La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión detuvo en abril de 2018 a Heriberto Picos Barraza, el Koala, para quien solicita 50 años de cárcel por el delito de homicidio con premeditación y ventaja en contra de Javier. Dos meses después fue aprehendido Juan Francisco Picos Barrueto, el Quillo, mientras que un tercer acusado, Luis Idelfonso Sánchez Romero, el Diablo, fue asesinado en San Luis Río Colorado en septiembre de 2017.

La Fiscalía asegura que los detenidos trabajaban para la “gente de Eldorado”, la sindicatura desde la que operaban Dámaso y su hijo. Los homicidas recibieron como pago una pistola plateada de cachas blancas con la imagen del Mini Lic. Según publicaciones de Ríodoce, el Licenciado —extraditado a Estados Unidos el pasado julio— deberá rendir declaración por el crimen del periodista. Aún se desconoce quién dio la orden de matarlo.

Su asesinato enlutó e indignó a los periodistas de México. El dolor movilizó al gremio con manifestaciones múltiples en diferentes lugares del país. Provocó una cadena de protestas en la comunidad internacional. Javier logró lo que no pudo en vida: unir a los periodistas.

La historia de Javier se parece a las que escribía en su columna Malayerba de Ríodoce y en sus colaboraciones para La Jornada, reunidas en libros como Malayerba y Levantones. Sus protagonistas eran lo mismo gente común que se convertía en víctima de la delincuencia organizada, que policías, pistoleros y mujeres que caían voluntariamente en sus redes. Publicó también títulos como Con una granada en la boca, Los morros del narco y Miss Narco, hasta la que fue su última obra: Narcoperiodismo.

Quería hablar de la sangre y el dolor en el evento TEDx Polanco programado para el 4 de junio, pero sus asesinos impidieron que llegara a pronunciar estas palabras: “He preferido contar historias de vida en medio de la muerte, ponerle nombre y apellido a las víctimas, escribir sobre sus sueños y amores y odios e ilusiones, preguntar a los hijos de los desaparecidos y a las esposas y viudas de los ejecutados. Me veo buscando entre los escombros, después de la tormenta, del sismo de 8.5 grados del tableteo de las ametralladoras, de la lluvia de balas, los restos de vida, los despojos, lo que queda de lo que fuimos y somos, en estos pueblos y ciudades cuyas fachadas, banquetas y calles están manchadas de sangre”.

Javier tenía plena conciencia de su destino. “Para mí, dejar de escribir es morir, es dejar de caminar, de sentir, de experimentar la vida. El silencio es una forma de complicidad y de muerte. Y yo, ni soy cómplice ni estoy muerto”.

 

 

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