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MAURICIO ESTRADA ZAMORA

 

Cárdenas, 1968-Apatzingán, 2008,
Desaparecido.
Ningún detenido.

POR GUADALUPE MARTÍNEZ OCAMPO

Antes de desaparecer la noche del 12 de febrero de 2008, Mauricio Estrada Zamora, periodista de La Opinión de Apatzingán, se comunicó por internet, a las 22:00 horas, con su colaborador Hugo Alfredo Olivera Cartas. Le escribió que se iba a casa.

Mauricio salió de la redacción del diario, pero nunca llegó a su domicilio. A la mañana siguiente, el automóvil que manejaba, un Nissan Centra gris con placas de California, propiedad del medio de comunicación, fue hallado con el motor encendido en una brecha cercana a la comunidad de Peña Colorada, en Buenavista, municipio vecino de Apatzingán.

El día de su desaparición, según un informe de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) fechado en 2010, Mauricio acudió a las instalaciones de la Agencia del Ministerio Público de la Federación a reunir información sobre diversos hechos. Alrededor de las 20:30 horas se retiró y se dirigió al periódico para seguir trabajando. Veinte minutos más tarde llamó a su esposa y le pidió que comprara la cena; fue la última llamada que hizo con su celular. Luego solo se tiene registro de la comunicación con Olivera Cartas, quien dos años después, el 5 de julio de 2010, ya como editor de El Día de Michoacán, sería asesinado.

A 11 años de su desaparición, la actual Fiscalía General del Estado de Michoacán no ha dado con su paradero ni ha reportado avances en el caso. Se le solicitó información para este reportaje, sin obtener respuesta. El Güero, como era conocido en el gremio, de 1.70 metros de estatura, tez blanca y cabello castaño oscuro, sigue siendo uno de los 24 periodistas desaparecidos en México de 2003 a 2018, según cifras de la organización Artículo 19.

Mauricio nació en Cárdenas, Tabasco, en junio de 1968. Se hizo periodista sobre la marcha. Debido a la precaria economía familiar, tuvo que abandonar sus estudios de bachillerato en el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (Conalep) de Apatzingán para emplearse en trabajos informales, como el de almacenista en una zapatería del municipio.

Su vida cambió cuando ingresó como continuista en la estación local XECJ 94.1. Fue locutor comercial por más de tres años, y dejó este oficio para convertirse en reportero de La Opinión de Apatzingán, diario en el que laboró más de cinco años.

A José Alfredo Lúa Ceja, amigo de Mauricio, le escurre el sudor por la frente debido a los más de 45 grados centígrados que alcanza la temperatura en este municipio, uno de los más calurosos del estado, y también de los de más alto riesgo para los periodistas que trabajan en temas de seguridad y sucesos.

Recuerda a su colega como un hombre alegre, amistoso, mujeriego: “Le gustaba tener dos o tres parejas a la vez, y era muy ambicioso”. Lúa Ceja dice que Mauricio tenía muchas camionetas del año que se esfumaban tan rápido como las compraba, y que les instalaba unos “sonidazos” que retumbaban por las calles de la ciudad.

Mientras fuma otro cigarro en la rotativa de La Opinión de Apatzingán —un espacio sombrío ubicado en el centro histórico—, no suelta su radio, sintonizada en la frecuencia de la Policía. Cuenta que Mauricio recibía un salario muy bajo como reportero: tres mil pesos a la quincena, y que constantemente era amenazado por sus publicaciones.

“Comenzó a relacionarse obligadamente con ciertos personajes que le entregaban dinero en dólares, que posteriormente repartía entre sus colegas del gremio”, afirma. Prefiere callar quién o qué grupo criminal amenazaba a Mauricio y por qué tipo de información; teme incomodar a “alguien” y sufrir alguna represalia.

Luz Uyuela Granado, editora de La Opinión de Apatzingán, cuenta que Mauricio destacaba entre los reporteros porque tenía los contactos “idóneos” y siempre llegaba al lugar de los hechos antes que otros colegas.

Cubrió para el diario sucesos que involucraban a presuntos miembros de la delincuencia organizada, como el enfrentamiento ocurrido el 14 de noviembre de 2006 en la comunidad de Dos Aguas, en Aguililla, donde un grupo de hombres armados emboscó y mató a cinco policías y un agente del Ministerio Público, y el del 3 de marzo de 2007, cuando en otra emboscada fueron asesinados cinco militares en Carácuaro. 

Sus reportajes también se relacionaban con las actividades de narcomenudeo que realizaba el grupo criminal de La Familia Michoacana, que en esa época se impuso en la región.

Ricardo Barajas Rojas trabaja como fotógrafo en La Opinión de Apatzingán desde hace 24 años y fue compañero de Mauricio. Juntos cubrieron hallazgos de narcolaboratorios y plantíos de marihuana, y también balaceras.

Confirma que un grupo criminal llegó a amenazar directamente a los reporteros para que no publicaran ciertas fotos, ni informaran sobre enfrentamientos o del asesinato de ciertos dirigentes. No cita su nombre, pero como se apuntó, en esos años La Familia Michoacana, liderada por Nazario Moreno González, el Chayo, dominaba los municipios de Tierra Caliente.

“Nos decían por radio o mandaban a gente extraña a decirnos que nos iban a pasar cosas, y muchos dejaron de publicar”, relata Barajas Rojas. “En mi caso, le dije a Mauricio (que me retiraba), pero él decidió hacerse cargo al cien por ciento de la nota roja, ir a cubrir el hecho y mandar las fotografías, según para no arriesgar mi vida. Esto duró poco porque unos meses después desapareció”.

“El periódico decidió entonces no firmar ninguna información; solo ponían ‘Redacción’, porque ya eran dos reporteros de La Opinión presas del crimen. Por nuestra seguridad se dejó de reportear la nota de sucesos. Actualmente se hace, pero con precauciones”, agrega.

El 8 de diciembre de 2007 había sido asesinado Gerardo García Pimentel, también reportero de La Opinión de Apatzingán. Actualmente, los periodistas que cubren la nota roja en el municipio siguen sin mencionar a los narcotraficantes locales. Ejercen una prudente y forzosa autocensura.

María Dolores Barajas es la esposa de Mauricio. Aceptó ser entrevistada en 2018 afuera del Palacio Municipal de Apatzingán. Acude con el cabello rizado recogido en una coleta, sin maquillaje. Es despachadora en una gasolinera, hace labores de costura y lava también ropa ajena para mantenerse. 

“Con Mauricio vivíamos al día”, dice, “modestamente, sin lujos, como cualquier otra familia”.

Nunca le conoció amigos vinculados a la delincuencia organizada, ni un mal manejo de dinero, y mucho menos supo que lo repartiera entre los reporteros, como afirma Lúa Ceja. Sí vio que era cercano a agentes ministeriales, mandos policiales y policías municipales. “Tenían relación por ser reportero”. Niega con rabia que Mauricio se enriqueciera. “Si eso fuera, no tendría que estar buscando trabajo ni pidiendo apoyo a las autoridades estatales”.

Después de la desaparición de Mauricio se enteró de las deudas que había contraído. Estuvo a punto de perder su casa por un préstamo que el periodista solicitó a un banco por más de un millón de pesos.

“Cuando estaba Mauricio todo era más fácil, pues aunque no ganaba mucho, ayudaba para que mi hijo tuviera estudios. Ahora me parto en tres o en cuatro para no quedarnos sin comer”, dice con la voz quebrada, pero se contiene tras mirar a su hijo de 12 años, quien lleva el nombre de su padre, y que la espera recargado en uno de los pilares de concreto del ayuntamiento.

El día de la desaparición, el entonces gobernador Lázaro Cárdenas Batel envió un grupo especial antisecuestro para localizarlo; solo eso, después ningún mandatario quiso recibirla, pese a sus constantes solicitudes de audiencia.

En una entrevista publicada por la revista Proceso en diciembre de 2017, Barajas denunció que ninguna autoridad la apoyó legalmente, mediante la comprobación de que su esposo estaba desaparecido, en el juicio que desde 2010 entabló el banco en su contra por la propiedad de la casa. No ha recibido tampoco ningún apoyo económico ni legal de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, aun cuando le dieron esa calidad desde 2017.

El 8 de febrero de 2018, el juez Octavo de Distrito en Michoacán determinó proteger los derechos del hijo del periodista, menor de edad, lo que evitó el desalojo de la vivienda. La familia recibió apoyo legal del Centro de Investigación y Capacitación Propuesta Cívica.

Por el delito de privación ilegal de la libertad en agravio de Mauricio se levantó la averiguación previa 031/2008-FEADSE. Un agente de la desaparecida Agencia Federal de Investigación (AFI), adscrito en Toluca, fue mencionado en la investigación por haber tenido problemas con el periodista, según el informe de la PGJE de 2010. En ese momento, aún no había sido localizado para rendir su declaración.

En un editorial publicado el 14 de febrero de 2008, la dirección de La Opinión de Apatzingán relacionó la desaparición de Mauricio con el agente de la AFI, apodado el Diablo. Tres semanas antes, el periodista publicó información que lo involucraba, agregó, y eso pudo haber generado algún conflicto. Según Reporteros Sin Fronteras, el Diablo habría sido trasladado fuera de Michoacán el 11 de febrero, un día antes de la desaparición de Mauricio.

En 2009, Barajas y Rosa Isela Caballero, esposa del periodista Antonio García Apac —desaparecido el 20 de noviembre de 2006— presentaron ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) una denuncia en la que acusaron a la entonces Fiscalía Especial de Atención a Periodistas de no actuar para encontrar a sus maridos.

En su libro Oficio de muerte, Carlos Moncada cita a Uyuela Granado, quien afirmó que el periódico no había realizado investigaciones sobre el crimen organizado, por lo que no esperaban una agresión en su contra.

Otra pista a investigar —que no se abordó— es la última nota publicada por Mauricio, que informa sobre el arresto de una banda de narcotraficantes en Aguililla.

En 2011 y a solicitud de la familia, la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) atrajo el caso de Mauricio, pero hasta la fecha tampoco ha reportado avances.

 

 

 

 

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