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DANIEL ALEJANDRO MARTÍNEZ BAZALDÚA

Saltillo, 1991-2013
Descuartizado.
Ningún detenido.

POR ROXANA ROMERO

Desde niño fuiste creativo y bueno para el dibujo, por eso comenzaste a hacer grafitis que firmabas como Acro. Leer las cartas que enviabas a tus amigos era como platicar contigo porque incluías cada detalle de lo que te pasaba: “Espérame, se me cayó el borrador”, le escribiste alguna vez a Carlos, uno de tus mejores amigos de la infancia. El dibujo, pero también el video y la fotografía, eran tus pasiones.

Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa era sinónimo de diversión; con tus chistes siempre contagiabas tu alegría a los demás, recuerdan Carlos y su esposa, quienes prefirieron permanecer anónimos. Son amigos que conociste en la primaria y conservaste hasta el día de tu asesinato, el 24 de abril de 2013. Esa madrugada, tu cuerpo mutilado fue encontrado en Miravalle, una colonia del sur de Saltillo.

“Creo que fue a principios de abril cuando nos escribió un mensaje por Facebook a Carlos y a mí preguntando cuándo nos juntábamos porque tenía ganas de vernos. Le contestamos que sí, pero no nos vimos”, recuerdan.

Naciste en la capital de Coahuila, ahí pasaste tus 22 años de vida. Eras el mayor de tres hermanos; debido a tu baja estatura, los vecinos te apodaron Tapón, recuerdan tus dos amigos. Te vestías con playeras y pantalones flojos. Los tenis vans o converse, y la gorra siempre con la visera para atrás, eran tu estilo favorito.

Al día siguiente de tu asesinato, la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) de Coahuila, sin investigación ni pruebas ni testimonios, te identificó como miembro del crimen organizado, lo mismo que a Julián Alejandro Zamora Gracia, de 23 años, el estudiante de ingeniería plástica de la Universidad Autónoma del Noreste junto al que te hallaron. Sus dos cuerpos habían sido descuartizados y abandonados sin ninguna identificación, publicó el periódico Vanguardia.

El diario, en el que habías comenzado a trabajar como fotógrafo del área de sociales apenas un mes antes de tu muerte, lamentó la interpretación irresponsable hecha por la PGJE de los mensajes dejados por los asesinos junto a los restos y le exigió demostrar los supuestos vínculos.

Vanguardia exige a las autoridades militares, federales, estatales y municipales una investigación a fondo. De la misma, se deberá desprender si estos crímenes están vinculados con el ejercicio periodístico”, publicó el diario el 25 de abril. “Nos parece triste y alarmante que Coahuila se convierta en un estado en el que la autoridad condene a personas asesinadas, convirtiéndolas en delincuentes, sin que para esto ofrezca el mínimo de pruebas o argumentos”.

“Solo una investigación seria y profesional”, agregó, “puede dar con la verdad que la sociedad se merece”.

La organización internacional Artículo 19 pidió a la PGJE sostener con pruebas los señalamientos. Dos días después de los asesinatos, el entonces gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, condenó que se les criminalizara y dijo que ofrecerían una disculpa pública a sus familiares.

“En mi cuenta de Twitter, si ustedes lo checan, ante una pregunta de (la presidenta de Causa en Común) María Elena Morera, hice claro que mi gobierno iba a pedir una disculpa por ese juicio de valor, juicio adelantado, y hoy el secretario de Gobierno, siguiendo mis instrucciones, lo hizo”, precisó.

Tu caso no solo trascendió por la brutalidad de tu asesinato o por la criminalización que sufriste, sino también por la implicación de autoridades estatales en tu muerte. La revista Proceso publicó que Claudia Elodia Brondo Morales, delegada Regional de la PGJE, supo con anticipación dónde serían abandonados tu cadáver y el de Julián. Esa noche alertó a la Policía Investigadora del Estado sobre el hallazgo de dos cuerpos descuartizados en un cruce de la colonia Miravalle, pero los agentes no los encontraron hasta la tercera vez que pasaron por el sitio en el que la funcionaria les había dicho que estarían.

“Es raro que la delegada haya sabido hasta cómo iban vestidos y cómo estaban envueltos, y nos mandara con tanta insistencia al punto exacto. Lo peor es que nos enviara aún antes de que fueran dejados en el lugar”, declaró uno de los detectives al Diario de Coahuila, que también dio a conocer la información.

Te fascinaba el skateboarding. Cuando entraste a la secundaria, ibas con tus amigos a una plaza cercana a la escuela para practicar los trucos y saltos. En uno de esos tantos grupos con los que socializabas conociste a Karla. Fuiste su primer amor.

Karla, quien prefiere omitir su apellido, todavía recuerda que debían verse a escondidas porque sus padres no te aceptaban. Los maestros de la secundaria se extrañaban porque andaba de novia contigo. Ella, una adolescente sin faltas durante el ciclo escolar, que cumplía con todas las tareas y sacaba 10 en los exámenes, se ganó un reporte por cuidarte las latas de pintura en una revisión de mochila que los tomó por sorpresa.

Todos los días veías a los Simpson, nunca salías antes de que se terminara el capítulo que, sin falta, grababas en VHS, cuenta Karla. Desde entonces te interesaste por la fotografía y el video.

Cuando terminaron su relación, siguieron caminos profesionales distintos, pero seguían en contacto. Poco antes de tu asesinato, insistías en que se vieran. Karla estaba a punto de graduarse de la universidad y postergaba la reunión. Durante un tiempo sintió culpa porque creía que tenías algo importante que decirle.

“Era 2013, yo estaba en mi último año de carrera. Una semana antes de que pasara lo que pasó, me invitó a comer y yo le dije: ‘Sí, yo te hablo porque tengo mucho trabajo, tengo muchas cosas que hacer’. Después, unos amigos me avisaron de lo que pasó. Es algo con lo que voy a vivir siempre. Siento que él por algo estaba muy insistente. Siento que algo me quería decir. Me hablaba cada tercer día: ‘¿Qué onda? ¿Cómo estás? ¿Cuándo nos vemos?’. Yo solo le decía que después”, cuenta Karla sin poder evitar las lágrimas.

Después de tu muerte, Karla te llamaba por teléfono y te escribía mensajes por Facebook. No podía asimilar que ya no estuvieras ahí, ni creer la forma en que te mataron. Es lo que más le duele.

Soñabas con obtener reconocimiento por tus documentales y fotografías. En marzo de 2013 comenzaste a trabajar en Vanguardia, en el área de Sociales, con un sueldo de 6 mil pesos al mes, indica quien fue tu editor y que también prefiere guardar el anonimato.

Dice que estabas a punto de graduarte de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Interamericana para el Desarrollo (UNID) y habías grabado un documental sobre el Monterreal Longboard Fest realizado en el ejido Mesa de las Tablas, en el municipio de Arteaga. Era tu primer acercamiento al video. Emocionado, le contabas a tus compañeros y jefe en Vanguardia sobre tus avances.

En el periódico pocos te conocían; varios reporteros comentan que te vieron en algún momento, pero nunca platicaron contigo. Aunque para muchos en la redacción pasaste desapercibido, fuiste quien “unió” al área de Sociales, aseguran tu editor y uno de tus compañeros, que pide omitir su nombre.

Lograste que tu jefe les diera orientación sobre cómo hacer fotos de estudio y que invitaran a Gabriel Gómez, fotógrafo de la revista Quién, a que impartiera un taller. Insistías también en que el periódico te apoyara para comprar la Canon EOS 7D que querías, dice quien se encargaba de asignarte las órdenes de trabajo.

“Daniel siempre tenía chispa y te contagiaba. Esa época fue muy bonita porque éramos unidos, nos íbamos a comer, al estudio. Gracias a él tuvimos cursos y nuestro jefe nos enseñó sus técnicas. Ahorita, si ves nuestro departamento, llegamos, escribimos y nos vamos”, recuerda tu compañero.

Debías vestir formal para las coberturas, pero disfrutabas romper las reglas y llegabas a la redacción con la gorra puesta, siempre con la visera para atrás.

“Me acuerdo de que era rebelde porque era el único que siempre traía gorra, entonces era chingarlo siempre: ‘Daniel, quítate esa pinche gorra’. Se moría de la risa”, cuenta tu jefe. “Un día antes (del asesinato) nos presumió que acababa de adoptar un perrito, un bóxer”.

La última vez que te vio fue el martes 23 de abril, poco antes de las tres de la tarde. Ese día recogiste tus órdenes de cobertura y te fuiste. Nunca llegaste a los eventos que tenías asignados, el primero a las seis de la tarde.

Todos en la redacción te marcaron intentando localizarte; la preocupación aumentaba conforme pasaban las horas, así como las llamadas a tus familiares y conocidos. Nadie sabía de ti.

Antes de que la noticia fuera difundida por la PGJE, a las diez de la noche del miércoles 24 de abril, tu jefe estaba seguro de que eras tú a quien habían encontrado asesinado esa madrugada.

Cumpliste tu sueño de trabajar en uno de los periódicos más leídos del estado e iniciarte en la fotografía en una época en la que imperaba la violencia organizada. Terminaste tu video de skateboarding y tu EOS 7D estaba a punto de llegar.

Tu muerte generó temor entre los reporteros del periódico y varios decidieron renunciar. Tu madre y dos de tus hermanos se fueron de la ciudad; ahora solo tu padre reside en Saltillo, en la misma casa donde creciste. Ninguno de tus familiares accedió a una entrevista, no quieren revictimizarte ni pensar en tu muerte, prefieren recordarte como el joven travieso al que le gustaba el arte y nunca estaba triste.

El exgobernador Rubén Moreira ofreció esclarecer tu asesinato, pero hasta ahora no se han registrado avances en la investigación.

Dos años antes de que te mataran, en marzo de 2011, un editor de Vanguardia fue secuestrado, y el 29 de mayo de ese mismo año, las instalaciones del periódico fueron atacadas con una granada y sitiadas por un comando armado durante 30 minutos.

En marzo de 2014, otros dos editores fueron amenazados, según un recuento publicado por el diario. “Desde hace unas semanas”, denunció el 5 de mayo de 2016, “Vanguardia y sus periodistas están sufriendo una serie de actos de difamación, espionaje, acoso, vigilancia, intimidación y un ataque cibernético por motivos desconocidos”.

Al día siguiente, en la madrugada del 6 de mayo, alrededor de 30 policías estatales del grupo de élite Fuerza Coahuila desalojaron de la finca “El Cielo” al director de Vanguardia, Armando Castilla Galindo, y lo despojaron de sus bienes en cumplimiento de una orden judicial derivada de un presunto adeudo.

 

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