Scroll to top

BONIFACIO CRUZ SANTIAGO-ALFONSO CRUZ CRUZ

Oaxaca, 1941-Xochiaca, 2008

Estado de México, 1966-Xochiaca, 2008

Asesinados con arma de fuego.
Ningún detenido.

POR LAURA BARRANCO

Intachable como su certificado de primaria repleto de dieces, así fue la vida de Bonifacio Cruz, periodista asesinado en 2008 junto con Alfonso, el mayor de sus hijos varones y también periodista.

La vida y sus aptitudes lo fueron llevando hacia el oficio. A principios de los 60 trabajaba en una fábrica de calendarios como obrero y posteriormente pasó al departamento de ventas. Desde niño le gustaba interactuar con la gente. “Tenía facilidad para hablar con cualquier persona”, recuerda su hija Lucía.

Originario de Oaxaca, también buscó el progreso académico. Entró a la Escuela Primaria Pedro Romero de Terreros en el turno nocturno. Ahí conoció a quien sería su esposa, Valeria Cruz López, también oaxaqueña. Comenzó a estudiar la secundaria en una prevocacional ubicada en la delegación Gustavo A. Madero, pero las responsabilidades del matrimonio y los hijos le impidieron acabarla.

Su inclinación a ayudar a los necesitados —al grado de darles su muda de ropa limpia, que colgaba en un clavo en la pared— lo hizo interesarse en escuchar y transmitir historias.

“Veía en la gente a seres humanos, seres necesitados; a él no le gustaba ver sufrir a nadie, mucho menos que abusaran de alguien”, comenta doña Valeria, su compañera durante más de 40 años y con quien procreó ocho hijos: seis mujeres y dos hombres.

Bonifacio empezó a trabajar a principios de los 70 como fotógrafo en El Paladín, un periódico de la zona oriente de la Ciudad de México. Escribir los pies de foto para sus imágenes le hizo tomar gusto a la redacción de textos.

Comenzó con una cámara instantánea Polaroid, después adquirió equipos más profesionales. La información política fue su preferida; su familia conserva miles de imágenes tomadas por Bonifacio, principalmente de actos políticos en el Estado de México, aunque también hizo coberturas en entidades como Tlaxcala, Puebla y Oaxaca.

En la década de 1970 —eran los años de la guerra sucia— desapareció cuatro días, justo en la fecha en que iban a bautizar a su hija más pequeña. Bonifacio contó que unos policías se lo llevaron cuando intentó impedir que detuvieran a una persona; su viuda y sus hijas no saben si lo torturaron. Después de esa experiencia, que nunca les relató a detalle, dejó un tiempo el periodismo; sufrió un trauma que se prolongó durante meses: “Hablaba muy poco”, recuerdan.

Lo que ganaba como periodista nunca le alcanzó para subsistir, era más bien un complemento de sus múltiples actividades productivas: abrió una tienda de abarrotes, luego puso una imprenta y durante varios años vendió calendarios.

Después de trabajar en El Paladín se integró a dos medios impresos del Estado de México: El Quetzal y El Centinela. Posteriormente fundó El Real, una publicación quincenal que coordinó, editó, imprimió, distribuyó y vendió durante 26 años en el municipio de Nezahualcóyotl con el apoyo de su familia. Era una empresa en la que a todos les correspondía una labor. Además, contaban con distintos colaboradores: periodistas, contadores, abogados, profesores…

Alfonso Cruz Cruz, el mayor de sus hijos varones, se convirtió en el acompañante inseparable de su padre. Esto lo hizo seguir el oficio periodístico, aunque estudió la carrera de Contaduría Pública en el Instituto Politécnico Nacional.

Era alegre, carismático y disfrutaba bailar. Heredó de Bonifacio el gusto por el trato con las personas y la fascinación por escuchar y contar historias, aunque tenía un temperamento más relajado. “Era el negociador de la familia”, recuerda su hermana Silvia.

La mañana del 7 de febrero de 2008, Bonifacio y Alfonso salieron, como cada día, a trabajar. Los había citado Raymundo Olivares Díaz, síndico procurador de Chimalhuacán y ex líder comunero, en su casa del barrio de Xochiaca. Quería denunciar la invasión de un predio de 40 hectáreas en el Bordo de Xochiaca para levantar 500 casas de cartón y madera, una zona que sería conocida como Las Casitas.

Cuando llegaron al lugar, una persona gritó: “¡Raymundo!”. Bonifacio volteó y recibió dos disparos, uno en la cabeza y otro en el pecho. Alfonso se abalanzó contra el agresor, quien le descargó la pistola; recibió al menos seis balazos. Murió de manera instantánea, mientras que Bonifacio falleció cuando era atendido en el Hospital General de Chimalhuacán.

La única línea de investigación fue “una confusión”. El periodista Alfredo Contreras Prado, amigo de Bonifacio, niega esta versión, pues asegura que no se parecía a Olivares Díaz. Desconoce qué pudo haber motivado el doble crimen. “No tenía problemas con nadie”, afirma. El asesinato del síndico en junio de 2009 reforzó la hipótesis de que se trató de una equivocación.

Bonifacio solía alertar a doña Valeria de los riesgos que implicaba dedicarse al periodismo, pero ella sabía que era su vocación y nunca se opuso a que continuara.

El funeral de Bonifacio y Alfonso fue multitudinario, las calles que rodeaban su casa en Neza estaban abarrotadas. Silvia se trasladó desde Chiapas y le fue difícil llegar por la cantidad de gente que acudió a despedirse de los dos periodistas, a quienes se recuerda con mucho cariño en el municipio de Nezahualcóyotl hasta la fecha.

Se abrió la averiguación previa CHIM/I/638/08 por los homicidios, que posteriormente fue atraída por la PGR debido a que se utilizaron armas de calibre 9 mm., de uso exclusivo del Ejército. Los crímenes permanecen impunes y sin avances en la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE).

Conocido en la zona como “el abogado de los pobres”, Francisco Eugenio Ávalos García fue acusado por el fraccionador Manuel Solís Berber de vender lotes en el predio de Las Casitas, que en su calidad de líder del asentamiento le había disputado a Olivares Díaz. Logró encarcelarlo con ayuda de su abogado Mario Nieto Zarco, un ex fiscal contra delitos de fraccionamientos ilegales de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México.

Ávalos García permaneció casi cuatro años en prisión, hasta que logró demostrar su inocencia. Se abocó entonces a investigar tanto el crimen de los periodistas como el del ex líder comunero.

El abogado se apoyó en reporteros de la zona para hacer público que Solís Berber y Nieto Zarco eran los autores intelectuales de los homicidios y que el autor material era Antonio García Miguel, el Tepozanes, quien inicialmente habría confundido a Bonifacio con Olivares Díaz y, tras asesinar al periodista y a su hijo, tuvo que regresar meses después a cumplir el encargo de matar al síndico. Esta información la hizo llegar al entonces gobernador Eruviel Ávila, pero nunca recibió respuesta. Ávalos García murió víctima de la diabetes en 2013.

La familia Cruz cuenta que la ausencia que más resintieron fue la de Alfonso, pues dejó cuatro hijos huérfanos; el más pequeño tenía solo año y medio en el momento del crimen. En Navidad y el día de Reyes, los niños no pedían juguetes, sino tener a su papá de regreso.

Comparte

Entradas relacionadas